Abraham y Abimelec Pero Dios vino a Abimelec en sueños por la noche y le dijo: «He aquí, muerto eres a causa de la mujer que has tomado, pues ella es mujer casada». Abimelec no se había acercado a ella. Entonces dijo: «Señor, ¿matarás también a gente inocente? ¿No me dijo él mismo: "Ella es mi hermana"? Y ella misma dijo: "Él es mi hermano". Con integridad de corazón y con manos inocentes he hecho esto» (Génesis 20:3-5). Después de que Dios destruyera Sodoma y Gomorra, Abraham se trasladó al Néguev, una región desértica al sur de Canaán. Como temía por su vida, afirmó que Sara era su hermana. Así que el rey Abimelec mandó llamar a Sara y la tomó. Entonces Dios se apareció a Abimelec en sueños y lo reprendió. Esta fue la segunda vez que Abraham hizo una afirmación tan ambigua sobre Sara —diciendo que era su hermana— porque temía por su vida. La primera vez fue cuando bajaron a Egipto debido a una gran hambruna. Cabe preguntarse: ¿qué clase de persona era Abraham? ¿Cómo pudo poner a Sara en peligro para salvarse a sí mismo? ¿Y no solo una vez, sino dos? ¿Cómo pudo Dios elegir a alguien tan cobarde? No solo eso: Dios reprendió a Abimelec, pero no le dijo ni una palabra a Abraham. En cambio, Dios le indicó a Abimelec que pidiera a Abraham que orara por él para ser sanado, ya que Abraham era profeta. Para entenderlo, podemos preguntarnos: ¿por qué fue Abraham al Néguev? Es una región desértica. Si Abraham quería encontrar un lugar mejor para vivir, ese era el último sitio de la tierra al que debía ir. Una explicación es que la destrucción de Sodoma y Gomorra causó un gran impacto en Abraham. Cuando negoció con Dios para evitar la destrucción, tenía la firme esperanza de poder salvarlas; de lo contrario, no se habría detenido en la cifra de diez justos. Sin embargo, la destrucción ocurrió de todos modos. Él debió sentir que había fallado profundamente a aquellas personas. Seguramente estaba tan desconsolado que solo quería irse a un lugar donde no tuviera que ver ni oír nada sobre lo sucedido. Creo que Dios comprendía sus sentimientos, pues Él mismo debió sentirse de igual manera. Por eso Dios no reprendió a Abraham; sabía que no era un cobarde, sino un hombre justo con el corazón tan destrozado que solo deseaba apartarse. Así, Dios no solo libró a Sara del peligro, sino que también llamó profeta a Abraham, ya que este compartía el corazón y los sentimientos de Dios. En cuanto a Abimelec, era un personaje singular. Cuando tomó a Sara, ella debía de rondar los noventa años de edad. No es de extrañar que Dios lo considerara como alguien ya muerto; ¿quién en su sano juicio tomaría a una mujer de tan avanzada edad? Sin embargo, cuando Dios lo reprendió, su primera reacción no fue negar la soberanía divina, sino reconocerla. Rogó a Dios que no destruyera a una nación inocente y alegó que él mismo había sido víctima de las afirmaciones ambiguas de Abraham y Sara. Dios aceptó sus súplicas. El resto es historia. Esto nos invita a reflexionar. A menudo cometemos errores, ya sea intencionadamente o no. No obstante, lo primordial es reconocer la soberanía de Dios y aceptar que todos somos pecadores y que la paga del pecado es la muerte. Debemos comprender que somos víctimas de nuestro propio pecado, del conocimiento del bien y del mal, y de las mentiras de Satanás. Luego, hemos de aceptar a Jesús como nuestro Salvador, purificar nuestros pecados con su sangre, someternos a Él y aferrarnos a la promesa que Jesús nos hace a continuación: Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. (Juan 10:28) Así de firme y segura es la salvación. Emanuel. (Para volver, seleccione <- en la barra de herramientas)